El tatuaje del tiempo

Somos resultado de nuestra historia. Las ilusiones trasformadas de nuestras madres y las
lágrimas de nuestras abuelas. Somos la lucha de las brujas que, antes de nosotras, descubrieron que la magia de ser mujer se multiplica haciendo aquelarre.

Aquelarre. ¡Qué palabra esa que proviene del vasco! Es la suma de “aker”, macho cabrío y
“larre”, prado.

Qué exquisito trabajo hicieron las mujeres al apoderarse del prado aquel, donde por años se mantuvieron juntas y sedujeron al conocimiento. Demonio, le dijeron; y luego, inquisidores tomaron El Martillo. Con él las persiguieron, las acusaron de maldad y las obligaron a enfrentarse unas con otras.

Roto el aquelarre, nos olvidamos. Y olvidar se nos hizo hábito.

Nos olvidamos de que un día, hace muchos años, las mujeres fuimos guardianas de la sabiduría, consejeras y diosas. Nos olvidamos del tiempo en que dominábamos nuestros cuerpos y nuestro destino. Nos olvidamos de que éramos hermanas.

Hijas y nietas nacieron con las llamas tatuadas en el alma; y poco a poco atendieron al llamado. Lo cuestionaron todo, encontraron su voz y no volvieron a dejar que fuera silenciada ni en la frialdad del sepulcro.

Ellas a quienes, como diría, Mary Wollstonecraft, “para preservar su inocencia, se les escondió la verdad y se les obligó a asumir un carácter artificial antes de que sus facultades adquirieran fuerza”; no solo se las ingeniaron para hallar respuestas, también para construir legado.

A Wollstonecraft y a Olympe de Gouges les siguieron sus hijas y las de tantas otras. Una ola tras otra construyeron conquistas que, al día de hoy, miles de mujeres llevamos tatuadas en el privilegio. Educación, derechos políticos y nuestra propia tutela.

La lucha de ellas se ha convertido en la nuestra. Feminismo, de algún modo, significa herencia.

Es la herencia que llevamos oculta en un rinconcito del alma. Se asoma a destellos tímidamente mientras descubrimos el mundo. Mientras, como dice Simone de Beauvoir, nos hacemos mujeres.

Se manifiesta cuando cuestionamos por qué, aunque en el fondo nos sentimos fuertes, también nos sabemos vulnerables. Cuando al toparnos frente a frente con nuestra identidad nos damos cuenta de que caber en el molde requiere mutilarnos, a veces el cuerpo, pero con más frecuencia el espíritu.

El mito de la mujer madre, el amor romántico y el autosacrificio como medida de afecto. Si
amas suficiente, te cortarás las alas. Te amasarás a la medida, te harás dama.

Somos presas del molde en el que no cabemos. Hasta que se rompe.

Cuando el destello se transforma, la llama arde y las mujeres nos encontramos con nuestra herencia. Sentimos correr en nuestra sangre la fuerza de nuestras madres y nuestras abuelas. Nos vivimos, a veces sin saberlo, en la piel de Mary Shelley y en las palabras de Virgina Woolf. Encarnamos la firmeza de Elena Arismendí y escalamos desde las victorias de Elvia Carrillo Puerto.

Feminismo es la herencia que el mundo trata de negarnos. La capacidad de alzar juntas la voz para recuperar los espacios de los que fuimos desplazadas. De sabernos hermanas, de hacer aquelarre.

Sí. Llevamos en el alma el tatuaje del tiempo. El dolor de las que se mutilaron y a las que
mutilaron para caber en el molde. La culpa que se nos implantó con el mito de la mujer madre; pero también la llama que, tarde o temprano, arde poderosa en lo más profundo de nuestras entrañas.

Gracias a esa llama que miles de mujeres han dejado arder en su interior hoy yo tengo una voz y el derecho al voto. Tengo libertad para abrir un libro y tengo un título universitario. Puedo trabajar y ser yo quien cobre por mi trabajo.

Hoy yo puedo elegir vivir soltera o casarme, y con quién casarme. No pido permiso para tener sueños, ni preciso la venia de nadie para tratar de cumplirlos.

Soy mujer y me sé completa. Conozco los derechos que me corresponden por el simple hecho de estar viva y sé que, al sentirlos vulnerados, he de poner límites sin sentir culpa.

Gracias a la llama que miles de mujeres han dejado arder en su interior hoy sé que puedo decir no. No porque se me permita, sino porque tengo voz. Sé que estar dispuesta no es mi obligación y que autosacrificio no es sinónimo de amor.

Hoy sé que si mis alas no caben en el molde, he de hacer que se rompa el molde y asegurarme de que jamás se construyan otros.

Y eso es lo que toca.

Toca que, gracias a la llama que hoy siento arder en mi, nuestras hijas no tengan más
modelos oxidados por romper y puedan mirarse al espejo con amor.

Que ninguna mire en su sangrar una condena y que se borre, de una vez por todas, el mito del dolor.

Hoy toca conectarme con mis hermanas para alzar la voz por Lesvy, por Rubí, por Ingrid, por Fátima y por tantas otras; para que pronto no haya nunca otra mujer que, llorando a una hermana, tiemble por la noche frente a la palabra feminicidio.

Desde mi trinchera, me comprometo a ser embajadora del equilibrio y la paz. Ayudar a otras y otros a utilizar su poder para romper viejos patrones y abrir espacios.

Hoy toca reaprender a hacer aquelarre y reapoderarnos de nuestro poder de transformar. Tomarnos de las manos y ser el eslabón que una las voces de las que fueron, con las de aquellas que serán. Heredarles la llama que les permita, no luchar para recuperar su poder, sino ejercerlo con libertad

Sobre quien escribe

Corinna Acosta

Comunicación y Marketing con Perspectiva de Género.

Cree en las Marcas Humanas y en el poder las OSC que inspiran; por eso busca ayudarles a comunicar mejor y gestionar su reputación.

Además procura no olvidar que además es amiga, hija, hermana, estudiante y persona; porque confía en que solo siendo humanos podemos ser mejores profesionales y marcas.

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